Por Panayiotis Christou

El origen de la vida monástica.

Durante el siglo IV de nuestra era surgió dentro de  la Iglesia un fuerte movimiento de retiro de la sociedad organizada al desierto un movimiento que tuvo un crecimiento aún mayor en el periodo subsiguiente. Para los historiadores han, interpretar el repentino surgir de este movimiento siendo dos de ellas las más aceptadas” Según la, propuesto diversas hipótesis en, la vida monástica tendría su origen en las religiones orientales, primera tanto en soledad, las que se practicaba el ascetismo desde tiempos antiguos la vida monástica, absoluta como en monasterios. A tenor de la segunda proporcionaba una salida cuando el contacto cercano del cristianismo con el con el inevitable decaimiento de las normas, mundo provocaba una reacción morales.

La primera de las hipótesis carece de fundamento, puesto que ha sido imposible descubrir históricamente una conexión entre el ascetismo oriental y la vida monacal cristiana. Además, si el cristianismo hubiera recibido tal influencia, ésta hubiera provenido de los grupos ascéticos de la secta de los esenios, en cuyo ambiente nació el cristianismo; sin embargo, la vida monástica apareció bastante después de la desaparición de las comunidades esenias. Lo cual no significa, por supuesto, que en sus etapas posteriores la vida monástica no tuviera ciertas características comunes con las comunidades esenias y neopitagóricas. La segunda hipótesis es igualmente inaceptable, puesto que existían numerosos ermitaños vivendo a campo raso incluso con anterioridad al reconocimiento del cristianismo por Constantino el Grande. La vida monástica es un modo de vida que surgió dentro de la Iglesia y se desarrolló orgánicamente llevando hasta sus límites los principios de la moral cristiana. En efecto, aunque el cristianismo no nació como una filosofía pesimista ni como una fuerza con pretensiones de disolver la sociedad, se regía sin embargo por principios distintos de los de la sociedad de aquel tiempo. Puso su atención por completo en el centro de la vida y se despreocupó de la periferia. Una cosa tenía un valor supremo para el hombre: el alma, al lado de la cual el mundo entero es insignificante. “Y qué aprovecha al hombre ganar todo el mundo si pierde su alma?” (Mateo 16:26). Las cosas de este mundo dificultan los movimientos del alma, y los bienes de este mundo se acumulan en torno a ella, sofocándola e impidiendo que se desarrolle en una personalidad armoniosa. Por consiguiente al hombre le espera una ardua lucha si pretende liberarse de su yo más bajo, el cual pertenece a lo mundano, y desarrollar su yo superior e ideal, que le posibilitará presentarse enérgicamente ante Dios. En este esfuerzo, tal y como declaró Jesucristo, el hombre deberá someterse a si mismo y a sus actos a un examen riguroso. Tiene que alejarse de muchos bienes mundanos para obtener el tesoro celestial, y someterse a la prueba del sufrimiento para purificar su voluntad.

Basándose en estos principios los primeros cristianos vivían de acuerdo a un plano moral excepcionalmente elevado; pero algunos de ellos quisieron ascender a una austeridad mayor, privándose de más bienes y sometiéndose a una mayor automoderación, a ayuno y a oración. Para un cristiano el matrimonio es algo honorable, un gran sacramento, pero no deja de ser una institución de este mundo, mientras que en el más allá los hombres vivirán como ángeles. Por esta razón, quienes podían lo evitaban; algunos buscaron salvar esto sustituyéndolo con una especie de matrimonio espiritual, en el que hombre y mujer convivían en pureza (1ª a Corintios VII, 36 y ss.) Muchas viudas evitaban el matrimonio, y las vírgenes se negaban por completo a casarse. Estas mujeres se organizaban en sociedades especiales, en primer lugar por su propia protección, y en segundo lugar para encauzar su actividad en trabajo social. Es aquí donde encontramos la primera forma de vida monástica que se desarrolló dentro del marco de la comunidad cristiana organizada.

El desarrollo de la vida monástica.

A mediados del s. III la persecución contra los cristianos era tal que muchos de ellos se vieron obligados a retirarse de las ciudades. A principios del s. IV la situación incluso empeoró, cuando la duración de las persecuciones fue mayor, de modo que aquellos que se habían retirado permanecieron en el campo abierto por un periodo mayor. Se acostumbraron tanto a vivir allí que establecieron allí una morada permanente, lejos de la sociedad del mundo desgarrada por el odio. Cesaron las persecuciones, pero la persecución secular había llegado a ser un elemento inseparable en la vida de los cristianos, y muchos de ellos no podían concebir una vida libre de perseguidores. De este modo se convirtieron en perseguidores de ellos mismos: se fueron a las montañas, y se sometieron a privación y sufrimiento. En lugar de la “sangre del martirio,” con la que terminaba una lucha con hombres violentos, se sometían ellos mismos al “martirio de la conciencia,” el cual consistía en una lucha contra demonios. En lo sucesivo las montañas se convirtieron en morada de ermitaños, y gradualmente también de comunidades organizadas de monjes.

Con el paso del tiempo cada vez más lugares remotos se buscaban como refugios ascéticos, como el monte Atos y Meteora. Cuanto más lejos vivían los ascetas, mayores eran la reverencia y la admiración que evocaban en la gente común. El primer ermitaño conocido fue Pablo de Tebas, pero el primer guía real de la vida en el desierto fue Antonio el Grande (m.356), cuya vida escribió con perspicacia y amor Atanasio el Grande. Vivió en el desierto durante más de setenta años, y sólo iba a Alejandría cuando la ocasión lo requería; es decir, cuando se enteraba de alguna persecución, para dar ánimo a los que sufrían. Su fama le valió la consideración de Constantino el Grande, el cual solicitaba con frecuencia su consejo mediante carta. Pero en particular despertó el entusiasmo de muchos hombres sencillos que imitaron su ejemplo. Llevaban una vida de total aislamiento, y únicamente cuando necesitaban consejo visitaban a Antonio o a algún otro monje mayor, un abba. En ocasiones sucedía que uno de ellos fallecía y pasaban días antes de que los otros ascetas se enteraran de ello. Cada anacoreta organizaba su propia oración, refugio, ropa, alimento y trabajo. Su trabajo consistía principalmente en hacer objetos de paja, que vendían en mercados de la región. Únicamente los domingos acudían a la iglesia más cercana, para oran juntos y recibir la Sagrada Comunión. De este modo, la vida de los ermitaños quedaba fuera del control total de la Iglesia.

Era evidente que el aislamiento absoluto conducía a acciones arbitrarias y no se adhería a todas las exigencias del Evangelio cristiano. En primer lugar no había supervisión espiritual de los ermitaños ni tampoco, en segundo lugar, sus actividades iban dirigidas a servir al prójimo. De ello se percataron algunos de los grandes ascéticos, quienes emprendieron la oportuna reforma: Hilario en la región de Gaza; Amonio en Nitria, y Macario en Sketis (Egipto). Los tres vivieron durante el s. IV. Hicieron del principal mercado de la región, donde los monjes vendían sus productos, su centro de acción. Como dichos mercados recibieron el nombre de lavras, los establecimientos monásticos junto a ellos también fueron llamados del mismo modo. Los ermitaños vivían en numerosas celdas construidas en torno a las lavras, a tal distancia que no se pudieran ver ni oir los unos a los otros. En esta vida comunal, la independencia se sometía a cierto límite; y además, en la ascesis era posible un elemento de flexibilidad. Cada cierto tiempo, el jefe de la lavra examinaba las celdas y ejercía cierto grado de autoridad sobre los ermitaños. Además, éstos se reunían para la oración en común de los sábados y los domingos. El resto: refugio, ropa, alimento y trabajo lo regulaba cada uno de ellos para sí mismo.

El sistema cenobítico.

Pacomio (m.346) en Egipto dio un paso adelante. Además de la administración y de la oración, puso bajo supervisión el refugio, la ropa, la dieta y el trabajo de los monjes. Habitualmente vivían en dormitorios espaciosos. Se puede decir que con este sistema el monasticismo era más fácil al vivir los monjes juntos y asociarse unos con otros. El sistema comunal de vida permitió que las mujeres se dedicaran a la ascesis en retiro: para ellas es peligroso vivir en total aislamiento. Pero la principal ventaja de este sistema era que el monasticismo podía ahora participar en actividades filantrópicas.

Que el monasticismo tomara esta dirección fue la principal obra de Basilio el Grande (m. 378), obispo de Cesárea. Vivió en soledad durante algún tiempo en su finca de Ponto con miembros de su familia. Allí fue donde escribió su conocida obra, Ascetica, que se convertiría en la base de la organización del monasticismo durante el periodo subsiguiente. Recomendaba a los monjes que se reunieran en grupos organizados, de acuerdo con la naturaleza social del hombre: “El hombre es un ser dócil y social y no salvaje y solitario. Ya que no hay nada que caracterice más nuestra naturaleza que el asociarnos unos con otros y el necesitarnos unos a otros y necesitar amar nuestra especie” (Normas Generales 3, I-P.G. xxxi, 947). De acuerdo con esta doctrina, los monjes deberían volver del desierto a las ciudades, y fundar allí cenobios filantrópicos. El mismo Basilio volvió a Cesárea y organizó un grupo entero de instituciones de beneficiencia, que más tarde recibieron en su honor el nombre de basilios. Desde el primer momento la dirección de los mismos estaba en manos de los monjes, a quienes se llamaba “padres de los huérfanos.”

El cenobio podría considerarse como la forma final del monasticismo, pero no es así. Si bien en un primer momento mitigó el yugo de los ascetas, más tarde sin embargo lo hizo más difícil de soportar. Por este motivo surgió en la Edad Media una tendencia dirigida a un modo de vida menos estricto, lo cual dio como resultado la constitución de la vida idiorrítmica. Los “contemplativos,” es decir, aquellos que se dedicaban a la contemplación de Dios, trataban de exonerarse de trabajo práctico y social, con el fin de que nada impidiese su trabajo espiritual; y al mismo tiempo los monjes más débiles buscaban una suavización de la disciplina. En los monasterios idiorrítmicos la administración, la indumentaria, la oración, y hasta cierto punto la residencia permanecían comunes. La dieta y hasta cierto punto el trabajo quedaban fuera de control. Así a los monjes se les permitió la adquisición de propiedad privada, que no podía superar, sin embargo, ciertos límites. Dede un punto de vista, al vida idiorrítmica se puede considerar como un retorno al sistema comunal de la lavra, mientras que desde otro ángulo es una combinación de los modelos eremita y comunal del monasticismo.

Estos cuatro tipos de monasticismo van paralelos a lo largo de los siglos. Dentro de la tradición eremítica surgieron variaciones extrañas e interesantes, adoptando en ocasiones formas extremas. Los confesores se encerraban durante muchos años en sus celdas, comunicándose con el mundo exterior únicamente mediante carta, y para recibir su exigua ración de comida. Los estilitas vivían en pilares semidestruidos. Los “locos” por Cristo viajaban ostentando su presunta locura por humildad.

Los cuatro han sobrevivido a nuestros días. Los ermitaños se pueden encontrar casi exclusivamente en los puntos más remotos de la península del monte Atos; el sistema comunal está representado por los eremitorios del monte Atos; y los otros dos sistemas, el cenobítico y el idiorrítmico, por monasterios que se hallan en todas las regiones ortodoxas.

La difusión geográfica del monasticismo.

Hoy en día la vida monacal se ha extendido por todo el mundo; pero muchos años de esfuerzo fueron necesarios para lograrlo. El movimiento tuvo su inicio, como hemos visto, en Egipto, donde importantes centros monásticos, con miles de monjes, se desarrollaron con rapidez, viviendo los monjes en celdas, en lavras y en monasterios. Estos estaban situados en Tebas, Nitria, Sketis, Tabenesis y en el monte Sinaí. El monasterio de Santa Catalina del Sinaí, fundado en tiempos de Justiniano, permanece hasta nuestros días sin haber perdido ni un ápice de su vigor. De Egipto se expandió rápidamente a Palestina. Este país, santificado como era por la vida y muerte del fundador de la fe cristiana, atrajo el interés de los ascetas de todos los rincones del Imperio, entre los cuales los latinos Jerónimo y Rufino llegaron a gozar de renombre. Más tarde, en aquel lugar Teodosio el Cenobita, Savvas el Santificado y Eutimio el Grande fundaron alrededor de quinientas grandes lavras.

Los ascetas hicieron su aparición en Siria durante las primeras décadas del s. IV. Normalmente se trataba de hombres y mujeres ambulantes, éstas últimas vestidas como los hombres. Pretendían abolir cualquier tipo de diferencias entre los sexos, y evitaban trabajar. Debido a la posición dominante que otorgaban a la oración se les llamó euquitas, o, en lengua siriaca, mesalinianos. Debido a algunas desviaciones recibieron críticas por parte de la Iglesia. Al mismo tiempo, la forma más moderada de monasticismo organizado llegaba a Siria. El gran himnógrafo y teólogo Efraín el Sirio también hizo esfuerzos fructuosos por organizar a los monjes.

El monasticismo empezó a perder terreno en estos tres países desde inicios del s. VII, es decir, desde los tiempos de la conquista árabe; pero nunca desapareció por completo. Hoy en día, además de los ortodoxos, también los coptos, los armenios y los nestorianos tienen monasterios.

A través de Capadocia y de Asia Menor, el monasticismo llegó a la capital del Imperio, Constantinopla. Muchos de los monasterios que se fundaron en los suburbios de ambas partes del Bósforo se convirtieron en organizaciones florecientes, y a través de sus actividades ejercieron una influencia en el curso de los asuntos eclesiásticos y en ocasiones también políticos. El monasterio de los Insomnes, fundado por Alejandro alrededor de 430, recibió este nombre porque los monjes oraban a Dios durante el día entero y la noche, diviéndose en tres grupos que se sucedían uno a otro en la iglesia. El monasterio de Studion, fundado también en el s. V, por el patricio romano Studius, llegó a ser el centro del desarrollo litúrgico de la Iglesia oriental y paladín de su independencia de la intervención estatal. Teodoro el Estudita, que floreció a principios del s. IX, fue a través de su heroico comportamiento un ejemplo para todos los monjes.

En estas regiones la conquista turca acabó con el monasticismo.

En Grecia, sin embargo, ya se habían formado fuertes centros de monasticismo. Entre los cuales destacó el monte Atos desde el s. XI en adelante, y a partir de entonces recibió la denominación de “Montaña Sagrada.” En 963 el emperador Nicéforo Focas dictó un decreto por el que concedía al monje Atanasio el derecho a fundar en aquel lugar una gran lavra, lo cual hizo. En un breve espacio de tiempo se establecieron allí otras comunidades de monjes, y sesometieron a la supervisión general del Protos. Con el fin de promover la difusión del monasticismo en la zona, Alexius Comnenus puso a todos los centros de Atos bajo la jurisdicción del obispo más próximo, el de Ierissos. Y naturalmente se produjeron fricciones entre éste y el Protos, lo cual hizo necesaria la abolición de la jurisdicción del obispo de Ierissos. Esto sucedió hacía finales del s. XIV.

El Protos de Atos tomaba posesión una vez obtenida la aprobación por parte del Patriarca de Constantinopla. Al principio el cargo era vitalicio y quien lo ostentaba vivía en Karyes, la capital de la comunidad monástica. Se ocupaba únicamente de los problemas externos generales de la comunidad, porque los monasterios gozaban de autogobierno interno.

Las moradas en la montaña están situadas en un ambiente a la vez impresionante y sereno. El incremento de los ataques piratas que siguieron al debilitamiento del Imperio Bizantino y a la conquista turca influyeron en la arquitectura de las construcciones. Las celdas se construían en la parte superior de los muros de las fortalezas con tres o incluso seis pisos. En medio del patio hay un “katholikon,” o iglesia central, con capillas por los lados.

La larga ocupación extranjera provocó muchas fluctuaciones en el poder y la pujanza de estos establecimientos. Hoy el territorio de esta región autónoma se halla dividido entre veinte monasterios autosuficientes. Un representante de cada monasterio, elegido anualmente, es enviado a Karyes, donde la Sagrada Comunidad, una especie de parlamento, se reúne. Los monasterios están dividisos en cinco grupos de cuatro, cada uno encabezado por los monasterios más importantes: Lavra, Vatopedi, Iviron, Hilandari y Dionysiou. Cada grupo se turna para el ejercicio de funciones administrativas por periodos anuales. De este modo, de los veinte representantes, cuatro componen el órgano ejecutivo, el comité de superintendentes mientras que el representante del primer monasterio del grupo que tiene la iniciativa administrativa es el principal superintendente. Cada superintendente conserva un cuarto del sello de la comunidad monástica.

Once de los monasterios, principalmente en la parte occidental, son cenobíticos, y están gobernados por un abad elegido de por vida y tiene un consejo de mayores que lo asesora. Nueve, en su mayoría en la parte oriental, son idiorrítmicos, gobernados por una comisión de tres superiores (proistamenoi) elegidos por un año. El monasterio de Hilandari es serbio; el de Zographos, búlgaro; el de Panteleimon, ruso. Hay también un eremitorio rumano. El monasterio de Iviron, que ahora es griego, fue anteriormente georgiano (iberio). Hasta el s. XIII existió también el monasterio latino de los Amalfitanos. Así, la Montaña Sagrada se convirtió en símbolo de la catolicidad y unidad de la Ortodoxia; y continúa siendo el principal centro monástico del Patriarcado Ecuménico, y es único en su género en todo el mundo cristiano. Por desgracia el número de monjes ha disminuido considerablemente, lo que ha hecho disminuir el vigor de la vida monástica en el lugar.

Durante los años del Despotado del Epiro, Meteora se convirtió en un célebre centro monastico. Se construyeron impresionantes monasterios sobre abruptos precipicios que vistos de lejos parecen nidos de águilas; y se labraron muchas pequeñas ermitas en la roca. Hasta hace unas pocas décadas, sólo se podía acceder a algunos de los monasterios mediante cabrestante y red. Sólo funcionan hoy en día cuatro de los veinticuatro monasterios de la región, con un pequeño número de monjes. Muchos monasterios permanecen y continúan funcionando a lo largo y ancho de Grecia, pero el número de monjes no cesa de decrecer. Desde el Este la vida monástica pasó al Oeste, ya en el s. IV. Floreció en la Edad Media, cuando se organizaron las principales órdenes monásticas. Su contribución a la cristianización y civilización de los pueblos de la Europa del norte fue muy importante. El monasticismo se transmitió también, junto al cristianismo, a los pueblos al norte de Grecia: a los eslavos, rumanos y otros pueblos. Célebres fueron los líderes rusos del monasticismo Antonio y Sergio. Los primeros ascetas de Rusia, los starsti, gozaron de gran renombre, e innumerables grupos de personas solicitaban su consejo.

Los ideales de la vida monástica.

Cuando los primeros ascetas se retiraban del mundo al desierto buscaban alejarse de muchos bienes mundanos: matrimonio, riqueza, y actividad independiente. El celibato no admitía grados, sino que era absoluto. En la pobreza, sin embargo, hubo la modificación reseñada anteriormente en relación a la vida idiorrítmica. Pero incluso en este caso la pobreza se mantuvo en su esencia, pues la propiedad de los monjes idiorrítmicos jamás alcanzaba para llevar una vida de comodidad. Por último, la obediencia, ya sea a un abad o al padre espiritual del desierto, el abba, constituía una inquietud primordial para los monjes. El espíritu egoísta e independiente representaba el mundo secular, por ello debía ser eliminado por completo. Es decir el joven asceta debía renunciar a su mala voluntad por Dios en la persona de su padre espiritual, para transformarla en una buena voluntad. Este punto queda reflejado de modo pintoresco por una anécdota en la que un abba, deseando poner a prueba el progreso de su hijo espiritual, le preguntó si veía los cuernos — que no existían — de una bestia de carga que en ese momento pasaba; y contestó sin titubeos, “Sí, los veo, abba.”

La observancia de estas tres virtudes la asumían los novicios por medio de un juramento especial, durante el cual se les tonsuraba. La formulación de este voto coincidió con la fundación del sistema cenobítico, y la base escrituraria y doctrinal del monasticismo fue elaborada poco después. Sin ello, el monasticismo corría el peligro de desviarse en la dirección de los itinerantes mesalinianos. De este modo se logró el sometimiento del monasticismo a la Iglesia, y el encauzamiento de su poder en un sentido que fuera útil a la Iglesia. Este sometimiento fue confirmado por Justiniano e incorporado a las leyes (Nearai, 5,i.67,i).

Pero no son éstos tres los únicos vicios que costituyen una amenaza para la integridad moral de los ascetas. En la aretología posterior, otros vicios, juntos con los citados, constituyen los ocho pecados capitales: gula, fornicación, avaricia, ira, tristeza, abatimiento, vanidad y orgullo. Las pasiones correspondientes a estos pecados se deben amortiguar para alcanzar un estado de ausencia de pasión. El autoexamen y la autocensura, especialmente antes de acostarse, proporcionan al monje unas armas poderosas, cuando se dispone a enfrentarse a los demonios. Pero su arma principal es la oración — la oración continua e intensa. La vida entera de los monjes está dominada por este teorema con Dios; “la vida entera es un momento para orar” (Basilio, Discurso ascético, P.G, xxxi, 877).

La jornada de los monjes está dividida en tres periodos de ocho horas: uno para rezar, uno para descansar y otro para trabajar. El trabajo intenso persigue un triple objetivo: asegurar su sustento, ayudar a sus compañeros, y evitar los malos pensamientos que acechan la conciencia humana especialmente cuando se está ocioso. Los productos de la artesanía y del arte de los monjes han sido siempre de una calidad excepcional y por ello continúan estando muy solicitados, en particular sus pinturas y tallados. Del mismo modo, las obras de la literatura clásica cristiana se han conservado gracias a las copias realizadas en los talleres de los monasterios.

Las actividades filantrópicas de los monjes estaban relacionadas con su trabajo. Como ya hemos visto, esta devoción por las actividades benéficas fue promovida y sistematizada en primer lugar por Basilio el Grande. En la época posterior a él era inconcebible un monasterio que no dispusiera de espacio para huéspedes, de hospital ni de escuela. Podemos mencionar como ejemplo el caso del monasterio del Pantocrátor en Constantinopla, fundado en el s. XII, que disponía de hospital con médicos para hombres y para mujeres, y cuya organización recuerda la de los modernos hospitales. Estaba dividido en cuatro secciones: médica, quirúrgica, ginecológica y enfermería de ojos y oídos. Hoy en día aún se pueden apreciar reminiscencias de esta actividad filantrópica. Los beduinos que viven cerca del monasterio del Sinaí no hacen nunca su propio pan, sino que se les proporciona gratuitamente en el monasterio de Santa Catalina; y aquellos que visitan cualquier monasterio ortodoxo reciben hospitalidad gratuita. Los monjes que se dedicaban a trabajar, como hemos indicado con anterioridad, y compaginaban la lucha para liberarse de las pasiones con el servicio a los necesitados fueron llamados en los primeros tiempos activos (praktikoi). Pero además de la actividad, hay un estadio superior en la escala de la perfección monástica: la contemplación (theoria), el esfuerzo por la comunión directa con Dios. Esta diferenciación de las actividades de los monjes se encuentra ya en un poema de Gregorio el Teólogo:

“Preferirás actividad o contemplación”

Contemplación es la ocupación de los perfectos,

Acción pertenece a los muchos.

Ambas son buenas y queridas;

Elige la que se ajuste a ti.”

El silencio ha sido una condición indispensable para el asceta en su búsqueda de la perfección. Por silencio se entiende paz interior y la relativa quietud exterior a través de la cual se eliminan las pasiones. Este estado fue llamado en el último periodo brillante de la teología mística bizantina “hesicasmo.”

El silencio estaba unido inseparablemente a la ascesis cristiana. Los esfuerzos de los primeros monjes en esta dirección adoptaron la forma de un silencio balbuceante y permanente cuando las circunstancias lo requerían. Se dice que el abba Poimen afirmó: “Quien habla por el amor de Dios actúa correctamente; y quien permanece en silenco por el amor de Dios actúa del mismo modo correctamente.” (Dichos de los Padres, 721). En cualquier caso, el elemento del silencio, si bien no predominara excesivamente en el pensamiento monástico, recibió más tarde un mayor énfasis debido a su conexión con la oración interior. Se consideró que la oración, como producto de la disposición del corazón, no necesitaba ser expresada oralmente, por cuanto que tal expresión, al producir estímulos externos, podría interrumpir la concentración sobre el objeto de la oración. De este surgió la oración interior y mental, que cristalizó en la breve oración de Jesús, repetida sin cesar.

Rodeados por el absoluto, por el silencio espiritual, los ojos espirituales de los monjes “contemplativos” se abren. Se hacen merecedores de visiones y disfrutan de experiencias espirituales difíciles de describir. Viven en un estado de iluminación continua de la visión de la luz, y de comunión con las cosas de la luz. La palabra “luz” y otros términos relacionados se encuentran en casi todas las páginas de las obras de Simeón Teólogo y de Gregorio Palamás. Esta luz es parte de Dios. Mediante una paradójica fusión de lo histórico y lo metahistórico, la experiencia de la deificación (theosis) se hace posible aquí y ahora. La luz que vieron los discípulos de Cristo en el Monte Tabor, la luz que los hesicastas ven hoy, y la calidad luminosa del mundo venidero, constituyen tres fases del mismo acontecimiento espiritual, fusionados en una realidad supratemporal.

La unilateral denominación de “contemplativos” ha contribuido a que se olvidara la faceta de misión social de la vida monástica en el este, en contraste con el desarrollo de los acontecimientos en el oeste. Pese a los repetidos intentos realizados, la reorganización de la vida monástica basado en los antiguos principios, en especial en la norma de Basilio el Grande, no llegó a cuajar, debido a que estos intentos estaban limitados en cuanto a objetivo e intensidad. Sin olvidarse de la “contemplación,” a la que tanto deben la devoción y la literatura religiosa, es necesario hacer hincapié una vez más en la actividad y fundar monasterios que promuevan los ideales cristianos dentro de la sociedad organizada de la humanidad.

Reimpresión de “The Orthodox Ethos,” Studies in Orthodoxy vol. 1, Ed. by A.J.Philippou

Traducido del inglés al español por Joaquín Cortés Belenguer

¡VIRGEN MADRE, ALÉGRATE!

Himno de San Nectario

Señora, oh purísima Doncella, nuestra Reina,
oh Madre del Altísimo, fragante azucena.
¡Más amplia que las nubes! ¡Más brillante que los astros!
¡Esplendorosa más que el sol! ¡Más alta que los cielos!
Los celestiales Ángeles admiran tu pureza.
Los hombres honran con fervor tu virginal belleza.

Del mundo Reina eres tú, María, Siempre Virgen,
Doncella y Purísima Virgen y santa Madre.
Adorna mi espíritu, oh Novia sin mancilla,
con tu divino júbilo, santísima doncella.
¡Más elevado tu honor, que el de los querubines!
¡Y tu esplendor es mucho más que el de los serafines!

¡Alégrate, oh cántico dulcísimo y fino,
veneración querúbica, loor de serafines!
¡Alégrate, profunda paz y puerto apacible!
¡Del Verbo, bello tálamo y flor inmarcesible!
¡Vergel feraz bellísimo de vida perdurable!
¡Árbol de vida, alégrate, oh fuente inagotable!

Te ruego, oh Santísima, suplico me acojas;
oh Reina, te invoco elevando oraciones.
Doncella, cual santísima, sin mancha Virgen Madre,
a ti suplico con fervor, oh templo venerable:
Ampara y líbrame del mal que cruza mi camino;
cual heredero, acéptame en el divino Reino.